
las llaman, tortas

Delirios y mesuras

Carpe diem
Una foto antigua tiene algo de prodigioso. Contemplarla, desentierra tiempos no muy lejanos en que, los protagonistas, se creían tan invulnerables como nosotros, ahora. Pocas cosas han cambiado si nos fijamos bien: sus peinados, la forma de sus faldas, sus posturas, sus muñecas…Pero todo lo demás sigue igual; ellos y ellas, tenían seguridad en sus mayores; esperanza de una larga y buena vida y muchos sueños. Sus sonrisas nos lo indican. También tenían prisa en crecer, tenían ganas de vivir infinidad de ocasiones y lugares y pensaban que tendrían tiempo de sobras para hacerlo. Una foto antigua nos recuerda que el tiempo es ajeno a nuestra voluntad, que no nos pertenece en absoluto y que lo que seamos capaces de poseer, de gozar, de sentir, vale la pena saborearlo mientras estemos fusionados a estos misteriosos átomos que aún nos mantienen activos. Una foto antigua, nos avisa que no somos para nada exclusivos o que si lo somos, ésta cualidad no tiene nada de particular porque ha sido ponderada millones de veces antes de aparecer en nuestra inteligencia y reflejarse en nuestras emociones. Ellos y ellas, como nosotros, sentían que podían mover el mundo, cambiar la historia o hacer en sus vidas algo especial con algunos de sus pequeños e insignificantes gestos. Observando una de estas antiguas fotos, sabemos que no queda nada especial por hacer que no hayan intentado antes varias generaciones, personas ya en el olvido, a no ser, porque algunas de estas fotos testimonian que existieron. Son, realmente fascinantes. Nada como ellas, hace deslizarnos a la realidad más absoluta donde nuestro juicio nos alerta que nuestro calendario, es breve. Tan breve que nos relegamos, puede que extraviados, a un futro incierto sin sellar, especialmente, nuestro presente.Arts gratia artis
El muchacho se esfuerza en gustar. Procura no acabar como una de sus víctimas, sacrificados de sus pensamientos y declaraciones e inmolados para llenar espacio y reafirmar dudosos conceptos. Sin duda, el muchacho tiene recursos para convencer a las personas, porque sabe, que muchas personas, cuando las festejan con los mejores lugares y les convencen con jugosas conversaciones, trascendentes en apariencia y profundas en su contexto, caen de cuatro patas aun sabiendo, en el fondo, que no deberían. Tanto da que la relación sea de amistad o familiar. El alto y el bajo mundo, se basa en una serie de cortesías que funcionan aunque todo lo demás no funcione. Y estas marcan las relaciones, las influencias y el tráfico de contactos más allá de lo previsible y de estorbos. El muchacho, es listo, más que listo es inteligente, a veces genial y otras veces, como es de esperar de la genialidad, cruel. El muchacho dispone de una situación económica-familiar distinguida, cosa que facilita esta generosidad, aunque no necesariamente. No es lo mismo ofrecer una cena a base de embutidos selectos y vino tinto, que ofrecer un viaje a Roma. No es lo mismo regalar unas flores a tu suegra que unas cuantas noches en el Lutetia de Paris. No es lo mismo. La flores, se marchitan por muy encantadoras que sean y su encanto dura lo que duran ellas frescas y bellas. Una estancia en un hotel de primera clase, dura algo más y mientras, se puede observar, si es posible observarlo, lo que resta muy oculto incluso para los geniales. El muchacho, sabe como agasajar y lo hace por generosidad y para seducir, porque sabe que se puede embrujar y castigar a alguien a través de sus seres queridos, tal vez, mucho antes que hacerlo directamente. Sabe, el muchacho, que se puede arribar por tierra, por mar y por aire a los corazones, y opta por llegar a través de la belleza porque la sabe y la puede conseguir. El muchacho invoca un mundo perfecto porque él lo ha vivido casi perfecto si no fuera porque la evidencia le muestra que no lo es. Tiene las bases para conseguirlo, tiene los detalles del camino y las herramientas. Lo intenta y hasta ahora lo consigue. Pero, y a pesar de todo, el muchacho no tienen ni la más mínima idea de que un día, sentirá la angustia inevitable. Una angustia que cree adivinar pero no sospecha ni de lejos. La angustia y su trato, no vienen indicadas en la guía Michelin ni se pueden soslayar con más o menos dinero. La angustia de que hablo, es innata en los pobres y en los ricos, está instalada en la mediocridad y en la gentileza, cuando esta se apodera del padre de un joven ansioso de vivir, o de una joven enamorada. Esta angustia, no es una invitada, es una extraña que se presenta sin más en tu casa, invade tu corazón y modifica tus prioridades. La angustia a la que me refiero, no se salda con flores ni con maravillosos paseos en canoa. La angustia, que indico, se instala más allá de donde estés, más allá de con quien estas y mucho más allá de con quién creas que estas. Es amor en mayúsculas. Es el amor benévolo que tanto cuesta de entender hasta que no lo afirmes en tu propia carne, y puede que sea, también,el más ciego de todos los amores. Y por esta angustia se disimula, se accede, se hace y deshace, se dobla cualquier voluntad más allá de la razón y del corazón. El muchacho cree reconocerla, pero le queda mucho que vivir antes, mucho que reír y sollozar, mucho que disfrutar y resistir, de permitir y de negar antes de saberla y conquistar.
Ad altiora tendimus
En una entrevista éste alguien, responde o no a lo que le han preguntado. La mayoría de veces que un político responde en una entrevista, por ejemplo, no contesta a las preguntas, y casi siempre se escapa de las comprometidas e incomodas. En una entrevista a un político, el mero entrevistador, simula ser agresivo, pero pierde gas a la primera escapada de su entrevistado, con lo que éste, gana la batalla de una guerra que supuestamente tendría que ganar la entrevista.
En cualquier entrevista, un mondo entrevistador, hace preguntas incomodas, pero también brinda risas que las suavizan, gestos que las disculpan, y olvidos intencionados que la convierten en vulgar. El entrevistado, acaba llevándose el premio, sea un ramo de flores o sea un megáfono, pero premio seguro por haber tenido el detalle de llenar aquel espacio de programa a precio de oro o gratis, dependiendo del oficio que ejerza.
En una buena entrevista, el entrevistador, no cesa cuando el entrevistado, y menos si es un político, intenta desperdigarse, intenta torear la pregunta. El entrevistado, pilla a la primera que le van a cuestionar, y se agarra a cuestiones que se han intercalado para desarrollarlas, acentuarlas y despistar, pero el buen entrevistador, pilla por donde lo hace y repite la pregunta de otra forma hasta que el interrogado responde a la cuestión sin remedio.
Los buenos entrevistadores, hoy, interpelan a personajes poco influyentes o poco relacionados con asuntos que afectan al pueblo: interrogan a artistas, algún científico, toreros, a escritores y poco más. Muchos, están en la televisión amarilla y algunos en la rosa, recuperándose de los traumas que les ha dejado su carrera y recogiendo la cosecha que creen merecer. (Más o menos, pasan a ser euro -periodistas) Unos pocos, han dimitido hace años o quizá, han aceptado un cargo aparentemente superior, de director/a, pero ya no molestan a sus entrevistados.
Los simples entrevistadores, interpelan a personas más conocidas e influyentes, les encargan programas de entretenimiento donde invitaran a grandes personajes o a reputados políticos, tienen la oportunidad de distraer al personal en columnas de periódicos, igualmente. Pero cobraran mucho de cualquier manera y se harán igualmente populares porque nunca avasallarán a su entrevistado aunque lo aparenten.
Entre un buen entrevistador y un fiel entrevistador, se acuna el tiempo, sobre todo, pero también se columpian los compromisos, los cargos, los beneficios y las ordenes de un amo más o menos invisible, más o menos tolerante, más o menos poderoso que gobierna sus principios y condiciona sus actos. Ya no quedan, prácticamente, entrevistadores libres y buscarlos o encontrarlos es pura cuestión de suerte. La verdad pues, no está en la televisión, ni en la radio ni en los periódicos. La verdad, sigue estando escondida entre las calles. Entre las calles, precisamente, ese lugar del que huyen, finalmente, los buenos y malos entrevistadores para unirse sin saberlo, o sí, a los que un día fueron sus dilemas y sus víctimas.
