Que la perplejidad me guarde de estudios, estadísticas y analistas convencidos.



Los medios ocupan a menudo espacios menudos rellenándolos a base de misantropía. Etiquetar al personal para que éste se disperse, o mejor aún, se remueva en un 902 o donde corresponda y de vidilla a un asunto altamente rebatible. Ahora les toca a los “féisboqueros”, ayer, nos había tocado a los que hurgábamos en internet, mañana, quién sabe…
Donde me calzo y visto, somos técnicos en ello. Examinamos a los demás (cuando digo demás digo al de al lado) rigurosamente, o quizá es que somos eternos desconfiados, retraídos sin enmienda... El que no fuma se obsesiona con en el fumador, al que no le gustan los toros se crece ante el aficionado a las corridas, el profesional se ofusca en el autónomo, el asalariado con el empresario, al que camina le angustian los que van en coche, los que van en coche eclipsarían a los moteros, los ignorantes odian a los maestros, el que es del Barça no quita el ojo al Madrid , etc. Alguien puede opinar que esto es bueno, que es útil, incluso higiénico, pero estimo que es justo lo contrario: maligno, infructuoso, desquiciado. Hay otras percepciones bastante menos hostiles muy cerca.
No se trata de un estudio, ni de un arte, ni tan siquiera pretende consideración. Es tan solo una emoción que no quiero evitar: La aversión perjudica la salud, al lacero y al cebo.

Siempre Reyes




El día de Reyes no es el día de los niños, es el día de los padres que tienen niños. Si haces un poco de memoria, o si no la restringes con cualquier hecho que te ocupe en este instante, recordaras que el día de Reyes significaba algo más que ofrendas sobre la mesa. Recordaras que tus papis, tal día como hoy, o días antes de Reyes, se comportaban diferentes.  Parecían observarte más intensamente, te vigilaban de cerca, te evaluaban o increpaban más reiteradamente, y algo que fastidia también remedia la carencia. Encantamiento, al fin y al cabo. Cuando despertabas temprano del día 6 de enero, y traspasabas el comedor con los ojos entrecerrados para no ver nada sin el previo beneplácito de tus padres con la intención de no romper ninguna regla que destrozara la magia de aquel momento, no lo hacías pensando en ti, únicamente. Lo hacías de esta forma para no escamotearles ni un solo instante de su gozo con tu impaciencia ni enojarlos. Hoy, como ayer, no hay ningún niño que esté dispuesto a fastidiar a sus padres, a no hacerles participe de la alquimia de este día. Lo único distinto, hoy de ayer, es que los niños disfrutan de la fiesta los 12 meses del año, y Melchor, Gaspar y Baltasar,  por más que suden en su intento el 6 de enero, no son tan prodigiosamente distintos a sus papis.

NocheVieja

En la calle suenan cohetes. Alguien recibe al año nuevo igual que si fuera verbena, como cuando marca su equipo favorito. Aun queda alegría por gastar. A pocos minutos de recogerme en la cama aparecen pensamientos abstractos, en desorden, ligeramente embriagados.  Mi balance algo surrealista que intentaba ser objetivo queda en el baúl de los alegatos a nadie. No hay balance, o si lo hay, es demasiado íntimo para exhibirlo.  En la cama el tiempo pasa deprisa. Cuando quieres dormir las horas avanzan para decirte que aun lo has conseguido. Cuando duermes pasan deprisa porque la conciencia descansa. El compás cede una tregua al pensamiento. El pensamiento se detiene. No especulas. Escuchas, a la vez, como suenan los mensajes en el móvil, suena el teléfono, suena la felicidad en deseos, tintinean tus deseos de felicidad para los demás. Ritual permanente. Mañana será, otra vez, otro día. Entiendo la necesidad de estar acompañado en días como hoy. Estar plácidamente ante uno mismo, esta noche, sin nada que decir, sin nada que escuchar, sin nada que recoger o servir, vivifica momentos que ya pasaron. Reaviva a personas que ya no están. Los recuerdos invaden el espacio que otros ocupan lejos de aquí. Los que hacen ruido son los que llenan cualquier espacio para que, totalmente cansados, podamos librarnos tras el agotamiento que ellos nos causan. Sagrado cansancio. Sin ruido no hay necesidad de conquistar el silencio. Sin ruido no hay ganas de explicar, más tarde, el porqué ni el porqué no. Los clicks, los rings, los dongs, son insuficientes para rematarnos. Y sin embargo, es bien acogida su cadencia escueta y simple. Estos breves sonidos, este retumbar de cohetes, son la esperanza que hay vida tras esta larga noche que lo es porque hay savia desafiando a la noche. Cuantos desafíos por cumplir, aún. Cuanta cruzada por conquistar. Cuando todo se cristaliza en un propósito….Si nos lo propusiéramos…

BON ANY! URTE BERRI ON! FELIZ AÑO!

La Vache qui pleure

Si les lleis per alguns son tan esplèndides, no m'estranya gens que els governs d'aquest país hagin de treure'n d'allà on sigui, del deute als autònoms, del sou mileuristes,  per exemple, de sota les pedres...per mantenir-les. Per uns, la majoria, la jubilació als 67, per altres, (...) quant calgui, 51, 55. No ve d'un pam, paga la Vaca Consagrada.


Edición coraza




Ahora, cuando apenas quedan leedores, cuando casi nadie que observa, cuando no pululan por el lugar ofuscados adeptos ni instruidos críticos, es el momento de despertar y decir. Es el mejor momento para preguntarse y responder. Demasiado tiempo sumidos en la reflexión para no aprender nada acaban con la necesidad de razonamiento. Porque no se aprende nada desde la observación sin mueca, sin paso, sin reto. El paso hacia delante o la marcha atrás en lo incuestionable. El gesto de hacer donde nadie te llama hacer, o detenerte en aquello que te involucra.  El reto de intentarlo o de no tener nada que acordar ni nada que demostrar.  Hacer, como decir, es un movimiento adelante que a veces hay que frenar. Un impulso en busca de una lógica sin eco que a veces hay que serenar a la espera de un posible error soslayado, o de un sentimiento incomprendido, o incomprensible, que no encuentra lugar para asentarse. Hay fuerzas insondables que no has considerado y tal vez conviene dejarlas emerger mientras observas tus propias fuerzas y las de aquellos que apenas las tienen, y las de quienes piensan tenerlas todas. El discurso no siempre termina en lección, ni tampoco la lección ha de ser la enseñanza, ni la enseñanza ha de definir lo que has aprendido.  Tampoco la ira, o el enfado, han de acabar siempre en batalla ni la batalla hace al ganador digno de cortesía y al perdedor un sometido. Cuando comprendes lo que el tiempo te ha dado en provisión y soslayo entiendes lo que no has de seguir intentando comprender, ni seguir explicando, ni tan solo intentar poner en práctica. En ocasiones hay que concebirse vencido o dimitido, y esperar que el tiempo, que no se ofusca, que no guía, que no se preocupa, te enseñe lo que has ganado perdiendo, o lo que has  perdido en la victoria. O, tal vez, se exprese sin mensaje y concluyas que no hay sometidos ni conquistas, solo hay muecas y gesticulantes, pasos y caminantes, retos y combatientes. Un camino sencillo que hay que andar siguiendo sin deducción.  

La parábola del elefante


Seis hindúes sabios, inclinados al estudio, quisieron saber qué era un elefante. Como eran ciegos, decidieron hacerlo mediante el tacto. El primero en llegar junto al elefante, chocó contra su ancho y duro lomo y dijo: «Ya veo, es como una pared». El segundo, palpando el colmillo, gritó: «Esto es tan agudo, redondo y liso que el elefante es como una lanza». El tercero tocó la trompa retorcida y gritó: «¡Dios me libre! El elefante es como una serpiente». El cuarto extendió su mano hasta la rodilla, palpó en torno y dijo: «Está claro, el elefante, es como un árbol». El quinto, que casualmente tocó una oreja, exclamó: «Aún el más ciego de los hombres se daría cuenta de que el elefante es como un abanico». El sexto, quien tocó la oscilante cola acotó: «El elefante es muy parecido a una soga». Y así, los sabios discutían largo y tendido, cada uno excesivamente terco y violento en su propia opinión y, aunque parcialmente en lo cierto, estaban todos equivocados.

"Parábola de los Seis Sabios Ciegos y el Elefante"
fuente: La Piedra de Sísifo



Al fin, se trata de reclutar cegueras para resolver algo y no de aferrarse en un despótico punto de mira dispuesto más arriba o más abajo. Un elefante es todo esto y mucho más.  La fantasía es otra historia.