(Marina Rosell. Adaptación de Ma Liberté. Georges Moustaki)
Cuestión del tiempo
Domingo. Siempre apropiado para dejarse conquistar por un lápiz y un papel, por un teclado, por un desvarío o una estampa. No importa con qué formules tus pasiones, tus ideas, tus angustias o tus miedos. Es necesario vencerlos para que no se pudran en un rincón oscuro de un solo destinatario: tú. Un domingo iluminado, como el de hoy, estimula a caminar cuando, además, es el postrero de varios días cerrados. Pero antes de sacar a rondar las piernas, a exponer el semblante al sol, y los pulmones a un aire más nítido, está bien oxigenar las huellas que nos han marcado una frase, una acción, o demasiados silencios. Te has acostumbrado a decir lo que no era preciso decir y a encubrir aquello que necesitabas pronunciar. Te has habituado, en definitiva, a hacerte mayor. La niñez, es una explosión de impaciencias, preguntas, también de impotencias, que nos hacen llegar a alguna conclusión emocional, temprano o tarde. Hemos crecido, hemos madurado, probablemente, a la sombra. De ahí esta tendencia a callar la esencia y a presentar los residuos.
Es domingo, fresco y soleado. No existen pretextos si no los inventas. Oportunidad de purificar lo que es sólido y lo que es frágil, lo que es corpóreo y lo que es etéreo, lo que está claro y lo que sigue camuflado. Hay un día a la semana, al menos, para situarse de nuevo ante el desafío de importunar e importunarse. Hay una hora al día para consentirse al reto de descuidar y descuidarse. Hay un minuto en dicha hora que ofrece la oportunidad de doblegarse en comprender y comprenderse. Un segundo en cada minuto para quebrantarse en la escena, inquietar e inquietarse.
Apolillamiento Oficial
He leído un artículo de Monzó que habla de los retratos de políticos adquiridos por distintas administraciones en los últimos tiempos. Su coste ha sido expuesto en una lista que el diario El Economista ha publicado. Al leerlo, me ha sobrevenido algo que deseaba ignorar: Han pasado siglos desde los emperadores, vasallos y esclavos, pero no han cambiado tanto las gentilezas y usanzas. Antes, al menos, tenían un solo discurso, contundentemente claro y totalitario, ahora, tienen dos, el populista, demagógico y alienante, y el intrínseco, adquirido por derecho, cacique y extravagante.
Que la perplejidad me guarde de estudios, estadísticas y analistas convencidos.
Los medios ocupan a menudo espacios menudos rellenándolos a base de misantropía. Etiquetar al personal para que éste se disperse, o mejor aún, se remueva en un 902 o donde corresponda y de vidilla a un asunto altamente rebatible. Ahora les toca a los “féisboqueros”, ayer, nos había tocado a los que hurgábamos en internet, mañana, quién sabe…
Donde me calzo y visto, somos técnicos en ello. Examinamos a los demás (cuando digo demás digo al de al lado) rigurosamente, o quizá es que somos eternos desconfiados, retraídos sin enmienda... El que no fuma se obsesiona con en el fumador, al que no le gustan los toros se crece ante el aficionado a las corridas, el profesional se ofusca en el autónomo, el asalariado con el empresario, al que camina le angustian los que van en coche, los que van en coche eclipsarían a los moteros, los ignorantes odian a los maestros, el que es del Barça no quita el ojo al Madrid , etc. Alguien puede opinar que esto es bueno, que es útil, incluso higiénico, pero estimo que es justo lo contrario: maligno, infructuoso, desquiciado. Hay otras percepciones bastante menos hostiles muy cerca.
No se trata de un estudio, ni de un arte, ni tan siquiera pretende consideración. Es tan solo una emoción que no quiero evitar: La aversión perjudica la salud, al lacero y al cebo.
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