Tempo


 
Recurrir al silencio es lo más adecuado cuando tendría que hablar más de lo deseado impulsada por un ataque inaudito personificado en la insolencia, la mirada y el gesto de quien se siente atacado y agrede. Los dardos acaban de pasar veloces a mi alrededor y antes de impulsar los míos en dirección contraria, inmóvil y en estado de alerta, los aíslo. Tras un incidente como éste, no hay mucho lugar para la agudeza ni para el ingenio, necesariamente he de dar paso a la suspensión momentánea de cualquier reflejo y esperar la reacción del agresor. Si el agresor es como espero habrá reacción a la no reacción, y serán los próximos sesenta segundos, los treinta minutos, o el día entero, los analgésicos más eficaces para pasar una hoja mal escrita en cualquier relación. Quizá nunca consiga confinar ciertas páginas y tendrá que ser la voluntad quien haga el resto, sea mejor o peor la sustracción resultante. Siento más terror a mi propia reacción que a la de mi agresor a menudo, porque soy más animal que racional cuando sucede y solo escapo a dicha transmutación bloqueando cualquier movimiento emocional al alcance. He de reconocer, al mismo tiempo, que cuando consigo sitiar mis instintos primitivos y desatar un paréntesis, al instante experimento cierto placer tras haber obstruido la necesidad de quien busca guerra y choca con el límite. Siempre que no lo consigo, es menos sofisticado lo que he de arrastrar. No soy responsable de lo que no hacen mis manos, ni de lo que no expresan mis palabras, tampoco de la reacción que estas puedan generar, casi no soy responsable del tiempo ni del porqué de mis propios delirios, quien sabe de donde surgen...

Soy responsable de todo lo demás.

Un paseo por el frigorífico


Al abrir la nevera reparas en lo sofisticado que se ha convertido cuanto nos rodea en poco tiempo, y también en su falta de idoneidad. No es ella la inepta, si no lo que contiene, en cualquier caso. Imaginas que, anteriormente al invento, la vida tenía que ser un poco más embarazosa pero no tienes memoria de historias con daños colaterales, ni en la familia ni en el vecindario en su ausencia. En tu nevera hay lo necesario y una serie de cosas condenadas a terminar en la basura. La mermelada, por ejemplo, termina en el cubo antes de vaciarse completamente. Parece ser que el tarro tiene un punto inasequible donde su consumo se detiene hasta que su contenido es incomible. Lo mismo sucede con la salsa de tomate que has preparado antes, con esmero, y decides guardar la mitad en un recipiente de cristal donde esperará ser la alegría de un plato de pasta, o con la mayonesa de huevo que siempre sobra, o con el resto de un gazpacho que se oxida en un santiamén antes de haberse consumido totalmente. Observas, a tu izquierda, que en aquella pequeña caja, que aún no sabes para qué sirve exactamente, se han acumulado unas pequeñas bolsas con salsa kétchup que ni les hace falta estar en la nevera ni sobre las patatas fritas. Intuyes que la utilidad de dicha caja consiste en guardar este tipo de remanentes u otros parecidos. En el compartimento de más abajo, en la misma puerta, hay un brik de leche de almendras que no recuerdas desde cuando está ahí, por no hablar de las botellas de vino rosado, blanco, y una de vermut que ocupan un generoso espacio desde las ultimas Navidades. Siguiendo la mirada hacía arriba , ves un pequeño tarro de mostaza Au Miel que alguien compró y tiene el mismo futuro que el de la mermelada de mango y piña llegado a su punto imposible, otro, mucho más pequeño, con restos de un insulso sucedáneo de caviar que en su día utilizaste para adornar un pastel de atún que no duró lo suficiente para tener su tiempo al fresco, otro bote, más bien chato, con una salsa de pistacho venida de Amalfi que no convenció pero conquistó un lugar en el frío contenedor, otro con la mitad de tu ajope que tiene el cometido de socorrer los tristes lomos de cualquier cosa a la plancha, detrás de estos, descansan dos bolsas de queso rallado abiertas, probablemente el mismo día, un bote  de remolacha por abrir que da color al estante, y algo que nunca falla, ni en esta ni en cualquier nevera, jamás, es un yogur caducado y una botella de Coca-Cola casi vacía...Pero, a parte de esto y de estar ocupada por todo lo demás, sólidos y líquidos que serán huéspedes por tres o cuatro días, cualquier frigorífico es el armario de la casa al que todos echan mano sin saber muy bien con anterioridad el qué y el porqué. Por tu experiencia sabes que en éste tanque refrigerador, es habitual quedarse parado mirando en su interior antes de decidir que se va a extraer de él, como si al abrirse expandiera un vapor embaucador que inmoviliza al que lo abre y lo embelesa durante un buen rato. Una nevera es, en consecuencia, un aparato útil por distintas razones: refresca, conserva y seduce. Y también es el hábitat donde albergamos elementos antagónicos, el lugar ideal en el que acumular gérmenes a los que podemos claudicar fácilmente, un contenedor donde guardar, in saecula saeculorum, lo que no utilizamos ni utilizaremos, y el sitio más inadecuado donde quedarse pasmado.

Aquí queda otra...



Ignoro porqué me dispongo a hablar de un trágico accidente como el de Santiago cuando, éste y otros similares, señalan la diferencia en la cantidad de victimas que dejan de una vez en comparación con cientos de accidentes que suceden a diario. Suceden, cuando suceden, lamentablemente, y ademas, en un tipo de transporte que debe, o debería, tener un plus en seguridad que al fallar hace desmoronar la supuesta confianza que antes se hubiera depositado en ellos. Es entonces cuando surgen las dudas, supongo, la necesidad de respuestas, sospecho, el afán de resultados que lo aclaren pero que tendrían que haberse planteado antes de que sucedan.
¿Puede ser responsable de un transporte de tales características alguien que no haya superado un riguroso examen psicológico además del técnico que avale que aparte de experiencia dispone de la suficiente templanza para ocupar el lugar que ocupa? ¿Quienes son, porqué mérito y cual es el cometido de los que vigilan, gobiernan o administran a los que controlan la seguridad de un colectivo ? ¿ Nos controlan mucho mejor de lo que les controlamos? O, ¿Vigilamos mucho mejor de lo que nos auto-vigilamos?

De aquí a tanto comentario, articulo u opinión que no va a ninguna parte es pura reacción logica...Pero, ¿Por qué no va a ninguna parte? Sería una de las preguntas que podríamos hacernos, también. Hay casualidades en la vida que nos sacuden de manera tajante. No se si llamarlas casualidades o son todo lo contrario, causas análogas que desembocan en una fatalidad ante la tozudez de la omisión. Justo cuando se reabre el caso de otro trágico accidente del metro en Valencia, acontece una nueva tragedia que nos traerá más dudas que nadie resolverá , más preguntas sin respuesta, más respuestas que no lo serán... Tenemos un país de dudas que complacería a un guionista como Patrick Shanley . Pero, me pregunto, ¿No será tanta duda abortada el resultado de la regla 30-30-40, a la que seguimos apostando   minuto a minuto, día a día, año tras año?

El 30% de indolencia que solapa los intereses de muchos por los de unos cuantos.
El 30% de curia que se protege y blinda ante cualquier sospecha.
El 40% de indiferencia que nos identifica superado un impulso pasional y fugaz.

Ignoro la respuesta, evidentemente, pero no me faltan preguntas, después y también antes de cualquier adversidad que sucede, o no sucede.

Extracto de un encuentro en Barcelona.



Mi amiga Pilar ha estado por aquí unos días. No ha estado en mi rellano pero mucho más cerca de lo que suele ser costumbre y menos de lo que había imaginado. Por imaginar había imaginado hacer muchas cosas juntas, llevarla a lugares que he pisado y que me han parecido, de algún modo, especiales, y después cada una a su nido, aunque su nido fuera circunstancial estos días. Los días, las horas, los propósitos encogen casi siempre y es por ello que casi he renunciado a tenerlos, porque estoy muy habituada a cambiar de planes y a recoger sobre la marcha lo que queda de ellos. Me he habituado hasta tal extremo a improvisar que ya no se planificar y me he cuesta hacerlo. En cualquier caso, como dijo alguien que buscaba consuelo en su falta de tiempo, cuenta la calidad más que la cantidad y la calidad de las horas que hemos estado juntas, compartiéndolas con las de otros, ha sido extrañamente interesante, y ha sumado a lo que ya existía. En estos instantes estará sobrevolando territorio andaluz y a punto de poner el pie en su tranquilizadora rutina, como yo, que en  domingo vuelo ante las viejas teclas de este ordenador y permito que me inunden los más absurdos pensamientos, las más inútiles ideas para expresarlas desde mi particular percepción. Ahora caigo que en esta ocasión no ha habido fotos que plasmen este encuentro. Ocasión desperdiciada porque cuando no queda nada que decir, que explicar, que ordenar, las imágenes permanecen no solo para contemplarlas, si no para revivir sin más florituras, aquello que nos es reciente o que tan lejano queda. No ha habido ninguna foto más que un par de intentos fracasados debido a la escasa luz del lugar, un evocador bar de copas en el barrio gótico. Por ello solicito a las palabras que flotan en la memoria tras otros enfoques, y otras palabras, prudentes o descaradas, torpes o atinadas, interesantes o insulsas, cuando no hay imágenes que expliquen un tiempo en el tiempo de alguien, en el nuestro, en el nuestro y en el de alguien, en el intento de que cada cual, rememore las propias.



¡Feliz aterrizaje y hasta pronto!




I canta que cantaràs...


Y canta que cantarás.



Releyendo Confesionario, un viejo libro en el que me apoyo de vez en cuando, he dado con un ajado articulo de Suso de Toro que recorté y guarde entre sus paginas por alguna razón. Quizá lo recorté porque eran tiempos de esperanza, de ingenuidad, de cierta alegría, como apuntaba de Toro. Quizá lo leí, recorté y guardé por recomendación de alguien, o porque tenía más fe de la que conservo a estas alturas, y porque en aquellas alturas todo era posible, aún. No lo sé. El caso es que, en aquellos tiempos, yo sabía a quien votaba y porqué, el caso es que hoy se porqué no voto, y el caso es que hoy, diez años más tarde, son las palabras de Suso de Toro las que me aparecen llenas de ingenuidad.
Hoy he visto en el metro a muchas personas envueltas en senyeras y camisetas estampadas dirigiéndose al Camp Nou. Un escalofrío ante el espectáculo porgue yo no estaba en él. Porque me emociona la polifonía más que el simbolismo. Personas repletas de ilusión y confianza yendo hacía un evento reivindicatorio. Iba yo en dirección contraria de camino hacia lo mio. Tras la ligera emoción un pensamiento: Mi dosis de patriotismo se ha escurrido entre inconveniencias y desengaños.

Catalunya abre España. Suso de Toro. 20-11-2003.

Personas y colectividades tenemos un mundo en superficie y también un mundo profundo. En ese mundo oscuro se mueven corrientes invisibles pero reales y sólo podemos comprenderlo a través de símbolos. A Catalunya se le han muerto en poco tiempo muchos escritores. Parecía que se confirmaba algo así como una maldición sobre personajes que encarnan la palabra, o el sentir, de ese país. A la luz de lo ocurrido luego, esos dramas sucesivos parecen un precio trágico para que la comunidad continúe y viva. Quizá esas pérdidas sean un precio simbólico en esta vida regida por equilibrios, quizá esas voces arrebatadas fuesen el precio para la alegría con que se expresó la sociedad catalana. Porque hay alegría en la inocencia y en la libertad. Y Catalunya se ha expresado en estas elecciones con gran libertad. La tranquilidad con que lo ha hecho es lo que más nos llama la atención; contrasta tanto con la amenaza fantasma que nos irradia día a día la política española. Catalunya tranquilamente retrató y descompuso el histerismo cerril, la cárcel de miedo. ¿Y ahora qué? ¿Qué van a hacer? ¿Se acaba el mundo, la guerra nuclear, el acabose? Ahora ya no es que haya vascos malos, ahora la España de esencias franquistas, el Escorial, el “Telediario”, el Titanic… se fue a pique (sin acento). Una España patrimonio de las comunidades que reciben subsidios, sin las naciones que crean más PIB, da risa. Así que el señor Aznar, y sus homólogos Bono e Ibarra tendrán que guardar en la caja fuerte las esencias imperiales.

No sabemos el Govern que tendrá Catalunya, alguno habrá. Y el que sea, será. Pero lo que nos queda a muchos ciudadanos que no somos catalanes es la alegría que nos dan. Porque nos enseñan a no tener miedo, a ser libres. Y ése es el gran servicio a España. Lo que sea España, estado, nación, monarquía católica, “destino en lo universal”. El resultado de las elecciones catalanas es una oportunidad para desenmascarar la camarilla que lleva emitiendo rencor, xenofobia interna, integrismo y, sobre todo, miedo a espectadores, radiooyentes, lectores de prensa. Desde medios de comunicación madrileñistas se ha hecho mucho daño a la sociedad. Y esos medios ahora no saben cómo explicar, a las personas a quienes intoxican a diario, qué ha pasado en Catalunya y qué va a pasar ahora. Pues nada, que la vida sigue. Ahora los catalanes han roto ese espantajo atemorizador y nos han devuelto el espejo limpio de la vida. Contra toda la propaganda tenaz que difunde el odio a lo catalán, la sociedad catalana es lo más moderno, vivo y sobre todo libre que tiene España. Y sólo nos queda envidiarla. Y aprender de Catalunya. La España facha ha llegado hasta aquí como rancio corsé, armadura rígida a la medida de Aznar, un presidente de Gobierno que se ha empeñado en ser jefe de Estado y retrotraer la historia. No hay duda de que su legislatura con mayoría absoluta pasará, como él quiere, a nuestra memoria, pero como una fase de involución y un intento de restaurar la idea de España franquista. Nos deja xenofobia, telarañas, orín, roña y moho. Queda por hacer una España nueva, donde pueda caber quien quiera, personas y nacionalidades.

Hagamos una España catalana.

Jodidas pretensiones.

De repente, en la radio una noticia me ha devuelto a la realidad de donde me había alejado unos minutos, mientras escribía cosas sobre humanos, sobre la mediocridad y sobre la arrogante pretensión de todo intento de mejorar la actitud de los demás...
Pensaba colgarlo, estaba casi listo pero la realidad se impone de nuevo, cae como una pesada losa de la que deseas librarte y no puedes por mucho que te empeñes. Hay personas conocidas con las que frecuentas mucho y sigues desconociendo y has personas que frecuentas muy periódicamente pero a las que te une un fuerte lazo emocional. No sé como puede entenderse esto, pero ocurre . He tenido la suerte de que me haya pasado alguna vez en la vida, y ahí si, podría unirlo con mi frustrado texto que acabo de aparcar cuando estaba ya listo.

A Maria y a mi nos unió un lugar en el tiempo, en un breve espacio de tiempo que voluntades e intereses ajenos a nuestra voluntad de movimiento se encargaron de menguar aun más. Entonces, mi actitud respecto a cierto suceso que intentaba desacreditarla, nos acercó hasta ahora. Siempre el camino que no controlamos es el mejor. Ella, reconocida psicóloga (pasa a ser anecdota lo que acabo de escribir unos minutos antes sobre mi reciente desinterés por la psicología), pero a lo q estamos, no se trata de su profesión, ni se trataba entonces, si no de determinadas actitudes que intentan ponerte en contra de la más aplastante lógica y quieren hacerte mirar a otro lado de donde se halla en aras a su interés que nunca es el tuyo. Ella, psicóloga en una clase para interesados mediocres, como yo, y yo, interesada en un curso que me costó un poco de todo,  y me regaló su amistad. Los otros, incapaces gestores de su invento, al acecho, intentando desmoronar algo que estaba bien, bien para mi, con más interés que finalidad, y para el resto, que aunque no comprendían la mitad de lo que ella explicaba, lo simulaban. Los otros, son capaces de cualquier cosa si les pones las cosas fáciles. Ellos, los otros, queriendo sacar de encima a María cuando llevábamos ya cinco clases, y los otros otros, mis compañeros medianamente instruidos, callados y sumisos antes tal absurda circunstancia. Yo no. Yo solo callo cuando la conversación no me interesa, o cuando los demás tienen más que aportar que yo, pero nunca cuando mi instinto me ordena que hable, ni ante lo que me sitúa ante una injusticia si me veo implicada. Aquello lo era. Como lo es que su hijo, Monti, de 48 años haya muerto ayer, antes que ella, después que su padre, Josep Montanyés. No tengo nada que decirle hoy como le dije aquel día que nuestra esporádica relación quedo sellada. Hoy no sé qué decirle,  excepto que lo siento profundamente, pero soy capaz de comprender una mínima parte de su dolor y de dedicarle de nuevo unas palabras. No hay consuelo ni hay justificaión en que muera un hijo antes que tú ni hay palabras que puedan hacerte entender el porqué ha sucedido. Solo hay una pequeña brecha para poder seguir adelante sin morir del propio dolor y a ella ha de aferrarse Maria. Ha de seguir su instinto y sobrevivir a la imperfección de la existencia. Como todos, sin otra pretensión.

Ceremonia de un viejo sábado



Esta noche, cuando dormías, no recuerdas haber soñado claro. Preparas un zumo, el café, piensas en aquellas cosas que abandonaste la noche anterior por falta de energías. Siempre hay algo pendiente por resolver pero hay que zanjar. Este puñetero país es todo burocracia, un paso no es un avance, es dar con otra tapia. Saltas barreras que pronto tendrás que sortear a la inversa. Te dispersas en imaginaciones que te alejan de todo lo demás. Pensamientos vanos, inertes, que se emulsionan entre otros y terminan engullidos en una retahíla de costumbres. Más valdría abocar toda la energía negativa que va acumulándose recogida en los medios, en la calle, al teléfono o, sencillamente, atascada en el ánimo, al contenedor más cercano. No hace falta explicar a los demás todo aquello que saben de sobras. Desayunado el zumo, sobreviene otro pensar infructuoso mientras permaneces a la espera que el café despegue a borbotones. Este edificio de 12 plantas parece deshabitado. Apenas se escucha nada de nadie: privilegio, aislamiento. Tu escalera de referencia estaba falcada por arriba y abajo, por un lado y por el otro de familiares, de vecinos cercanos. Solo había que abrir la puerta para verlos y no hacía falta abrir ninguna para considerarlos. Los que vivían tras aquellas puertas trabajaban muchas horas, trabajaban duro, pero les quedaba algo de tiempo para detenerse en el rellano. Siempre tenían momentos para saber algo de sus vecinos y para ponerlos al día de lo propio. Hoy, los amigos pueden estar a miles de kilómetros, con suerte y buena letra, no dejaran de serlo en la distancia. Otros, amigos o familiares, están a menos kilómetros pero muy lejanos de aquel rellano. Saber que están no significa sentir que están, en realidad, como tu, hacen uso del privilegio del aislamiento, que permite esquivar lo que una robusta puerta no puede separar jamás. Esta mañana, lo que un día te pareció mágico aparece insuficiente, desapasionado, disminuido. Por fin el café brota por el mismo lugar de siempre.