Copas frágiles





Las copas se han acomodado sin control en los huecos libres del espacio indeterminado repartido por la estancia, y del pasajero sentido común de quien las bebe y en estos momentos, vacías, y aún insinuantes, esperan sobre cualquier superficie ajenas a la mano que las ha usado para calmar su sed. Voy a levantarme para rescatarlas de su descolocada posición y cambiar su sobada apariencia antes que cualquiera confunda su quietud con su coincidencia y las recoja del lugar donde no han partido impulsados vehementemente por la escasa contemplación de la mano que las balancea.
Una a una pasan por el chorro de agua más bien fría que arrastrara la dosis de azúcar, incalculable por mi parte, que se ha posado en su cuello y caderas, y de otras extrañas materias. Después sufrirán de un minúsculo inyecto de detergente verde y delicado con las manos, y con un suave estropajo intentaré restregarles todo lo que retienen y que nadie desea. Hecha esta minuciosa cirugía sanadora volverán a ser sometidas a una ducha de agua, esta vez más generosa, y a pasar a una posición que no es justa ni digna, pero es necesaria antes de devolverles el resplandor que les corresponde con el seco trapo algodonado que tras un soplo de vapor, les devolverá su estética apariencia. Volverán a la mesa, ahora sí, orgullosas de ellas mismas, dispuestas a dejarse manosear por fuera y a encharcar por dentro como si el vidrio acristalado que les da forma y sentido, fuera su aval escudo, cuando en realidad no hay escudo que las proteja con un pasado noble ni ofrezca un futuro asegurado, cuando en realidad no hay más que la certeza de que son cristal soplado para servir a la aspereza, o a una codicia sin caducidad.

Tempo


 
Recurrir al silencio es lo más adecuado cuando tendría que hablar más de lo deseado impulsada por un ataque inaudito personificado en la insolencia, la mirada y el gesto de quien se siente atacado y agrede. Los dardos acaban de pasar veloces a mi alrededor y antes de impulsar los míos en dirección contraria, inmóvil y en estado de alerta, los aíslo. Tras un incidente como éste, no hay mucho lugar para la agudeza ni para el ingenio, necesariamente he de dar paso a la suspensión momentánea de cualquier reflejo y esperar la reacción del agresor. Si el agresor es como espero habrá reacción a la no reacción, y serán los próximos sesenta segundos, los treinta minutos, o el día entero, los analgésicos más eficaces para pasar una hoja mal escrita en cualquier relación. Quizá nunca consiga confinar ciertas páginas y tendrá que ser la voluntad quien haga el resto, sea mejor o peor la sustracción resultante. Siento más terror a mi propia reacción que a la de mi agresor a menudo, porque soy más animal que racional cuando sucede y solo escapo a dicha transmutación bloqueando cualquier movimiento emocional al alcance. He de reconocer, al mismo tiempo, que cuando consigo sitiar mis instintos primitivos y desatar un paréntesis, al instante experimento cierto placer tras haber obstruido la necesidad de quien busca guerra y choca con el límite. Siempre que no lo consigo, es menos sofisticado lo que he de arrastrar. No soy responsable de lo que no hacen mis manos, ni de lo que no expresan mis palabras, tampoco de la reacción que estas puedan generar, casi no soy responsable del tiempo ni del porqué de mis propios delirios, quien sabe de donde surgen...

Soy responsable de todo lo demás.